En la mitología griega, las dríades son ninfas de los árboles.
Espíritus del bosque.
Viven unidas al ciclo de las estaciones: brotan con la lluvia… y se apagan cuando caen las hojas.
Dafne es una de ellas.
Hija del río Ladón… y de Gea, la Madre Tierra.
Un día Apolo, dios del Sol, se burló del pequeño Eros (Cupido), menospreciando su poder. En venganza, Eros lanzó dos flechas:
Una de oro, que hizo a Apolo arder de deseo por Dafne.
Otra de plomo, que hizo a Dafne huir del amor de Apolo.
Así empezó la persecución.
Apolo la sigue, la llama, le promete amor, cuidado, gloria. Dafne no quiere oír. Corre, huye, desesperada. Cuando ya no puede más, antes de ser alcanzada, le ruega a su madre que la salve.
Gea la escucha, y entonces se transforma.
Su piel se vuelve corteza. Sus brazos, ramas. Su cabello, hojas.
Sus pies echan raíces.
Se convierte en laurel.
Esta pieza es una Dafne que no corre, que no huye.
Es un tronco seco, pintado de magenta, color de vida y resistencia.
El aluminio –frío, cortante, brillante– irrumpe sobre la materia orgánica del tronco, pintado de magenta.
Naturaleza y artificio, deseo y huella, fragilidad y fuerza coexisten sin jerarquía.
Estas Damas no son víctimas ni diosas, sino presencias que se plantan.
No se ofrece: se impone con delicadeza.
No se esconde: habita el paisaje como afirmación.
Dafne ya no huye. Ahora regresa.


